Cómo digitalizar fichas de recetas escritas a mano
Las recetas que de verdad importan suelen estar en papel: y el papel se quema, se borra y se pierde en una mudanza. Cómo conservarlas sin perder la letra.

En casi todas las familias hay una lata, una carpeta o un libro encajado abierto con una docena de fichas dentro. Los mantecados de la madre de alguien. Un guiso escrito en el reverso de un sobre. Una receta con una mancha de mantequilla en una esquina y una corrección a lápiz con una letra que ya nadie sabe identificar del todo.
Son las recetas más valiosas que tiene cualquiera y son las peor guardadas de todas. Una inundación, un incendio, una mudanza con una caja mal etiquetada, y desaparecen. No «desaparecen, ya lo buscaré», desaparecen de verdad.
Digitalizarlas no es difícil. Hacerlo de forma que se conserve lo que las hace valiosas requiere pensarlo un poco más.
Dos cosas distintas que estás guardando
Es la parte que casi todo el mundo se salta, y merece la pena ser preciso, porque cambia todo lo demás.
La receta son los datos: los ingredientes, las cantidades, el método. La quieres buscable, ajustable, compartible y cocinable desde el móvil. Texto, estructurado.
La ficha es el objeto: la letra, la mancha, los tachones, el hecho de que tu abuela escribiera «un buen trozo» sin especificar nunca los gramos. Esto lo quieres conservado tal cual. Una imagen, intacta.
Casi todas las guías sobre digitalizar recetas te dicen que hagas una cosa o la otra. Las escribes a máquina y pierdes la mano que las escribió. Las fotografías y acabas con un carrete que no puedes buscar, ni ajustar, ni seguir en la cocina sin hacer zoom sobre una foto con los dedos pringados.
Quieres las dos, unidas entre sí. Ten eso claro y el resto es mecánico.
Guardar como datos
Ingredientes, cantidades, método: buscables, ajustables y cocinables desde el móvil con las manos ocupadas.
Guardar como imagen
La letra, la mancha de mantequilla, los tachones. Tal cual, intacta, unida a la receta.
Fotografía bien las fichas
La foto es la copia maestra. Si haces mal esta parte tendrás que repetir todo el trabajo, así que diez minutos de preparación valen la pena.
Luz de día, no flash. Pon la ficha sobre una mesa junto a una ventana, sobre un fondo liso, un paño blanco es ideal. El flash quema la tinta y crea un reflejo duro justo donde está la escritura.
Quita tu sombra de en medio. Colócate de forma que la luz venga por encima de tu hombro en vez de quedar bloqueada por ti. Si tu sombra cae sobre la ficha, gira noventa grados.
Dispara en perpendicular, llenando el encuadre. Justo encima, cámara paralela a la ficha. Nada de ángulos: la distorsión de perspectiva hace el texto más difícil de leer para un programa y queda mal cuando vuelvas a mirarlo.
Fotografía las dos caras. La mitad de las recetas de cualquier lata siguen por detrás, y no vas a recordar cuáles.
Conserva la ficha entera, bordes incluidos. No recortes al ras del texto. Los bordes, el color y las rayas forman parte de lo que estás guardando.
Si una ficha está muy desvaída, fotografíala igual y sube el contraste después, en vez de intentar arreglarlo con la luz. La foto original es tu negativo; guárdala.
Saca el texto
Ahora necesitas las palabras como texto, no solo como píxeles. Hay tres formas, en orden creciente de tiempo consumido.
Escribirlas a mano. Perfecto para una docena de fichas. Totalmente fiable, porque estás leyendo la letra con un cerebro humano, que sigue siendo la mejor herramienta para decidir si eso es un 1 o un 7. Insoportable pasadas unas veinte.
Un OCR genérico. Gratis, rápido y mediocre con la escritura a mano. Aceptable en una ficha en mayúsculas claras; desesperante con letra ligada. Además devuelve un bloque de texto sin estructura: tienes las palabras pero no cuáles son ingredientes, así que sigues ordenando a mano.
Dejar que algo lea la ficha como una receta. La diferencia que importa no es un mejor reconocimiento de caracteres, es que la herramienta sabe que está mirando una receta. Espera una lista de ingredientes. Espera cantidades. Puede distinguir que «125 g de mantequilla» es una cantidad y «batir hasta que blanquee» es un paso, y puede hacer una conjetura sensata sobre letra ambigua porque sabe qué palabras son plausibles en ese contexto.
Es lo que hace Sugo a partir de una foto. Encuadra la ficha y la receta vuelve estructurada (ingredientes con cantidades y unidades, pasos numerados, tiempos) con la foto original guardada al lado.


⋮Lasagna
Revisa lo que las máquinas fallan
Uses lo que uses, lee el resultado una vez contra la ficha. Hay cuatro fallos típicos y siempre son los mismos cuatro.
Las fracciones. ½, ¼ y ¾ son lo que peor se lee en una ficha manuscrita, y equivocarse en una arruina el plato en vez de empeorarlo un poco. Compruébalas todas.
Las temperaturas del horno. Las fichas antiguas usan a menudo números de termostato, o grados sin unidad, o «horno medio»: que es una instrucción real, significa unos 180 °C, y que ninguna conversión automática va a resolver.
Las unidades ambiguas. «cda.» y «cdta.» se parecen mucho en letra rápida, y la diferencia es de un factor tres.
Todo lo que quien escribió daba por sabido. El paso que más falta en las recetas de familia es la temperatura del horno, porque quien la escribió ya se la sabía. Si falta un paso, añádelo como nota en vez de adivinar en silencio.
Conserva la letra
Cuando el texto esté correcto, adjunta la foto a la receta. No en un álbum aparte: en la propia receta, para que al abrirla se vean las dos.
Esto importa más de lo que parece. La razón para digitalizar una receta de familia no es la eficiencia; puedes encontrar mejores mantecados en treinta segundos. Es que esta en concreto, con esa letra en concreto, es un trocito de una persona. Una versión mecanografiada y pulcra con la foto guardada en otro sitio es un objeto peor que la ficha de la que partiste.
Añade también lo que sepas mientras aún lo sabes. Quién la escribió. Más o menos cuándo. Para qué ocasión. «La abuela, para Nochebuena, siempre doble» son cinco palabras que ningún descendiente podrá reconstruir cuando ya no estén quienes lo recuerdan. Las notas de la receta están para eso y casi nadie las usa.
Y después compártelas
El último paso es el que de verdad protege las recetas: sacarlas de un único dispositivo.
Una lata en una casa es un punto único de fallo. Un móvil también. Pon la colección en algún sitio al que tu familia pueda llegar: un recetario compartido sirve, igual que cualquier cosa que exista por duplicado en más de un lugar. La prueba es sencilla: si tu casa ardiera esta noche, ¿seguiría existiendo mañana la receta de los mantecados?
Haz primero las diez fichas que importan. La lata puede esperar; las diez que de verdad sentirías perder, no.
Sugo está en beta abierta en iPhone. Si hay una lata en tu cocina que llevas años queriendo ordenar, únete a la beta.